¿Guerra o paz?

14 marzo, 2014
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La semana pasada escribí un post a modo de manifiesto en el que pedía alumnos trasgresores, alumnos que se cuestionaran las cosas que se les explica con el fin de alentar al profesor a ir más allá. O para ir ellos mismos más allá. Alumnos, que de pié sobre los hombros de gigantes lleguen a ver más lejos.

Y me lamentaba de no encontrarlos.

 Tener unos alumnos trasgresores supone una incomodidad para el profesor. Porque requiere estar absolutamente al día, de conocimientos y de pedagogía. Porque hay que ser flexible y humilde. Porque si les damos alas para trasgredir sobre el contenido nos van a destrozar el programa de la asignatura, nos vamos a entretener en cosas que no son del temario y nos van a pillar en muuuchas cosas que no sabemos.

Por eso mismo  a veces los acallamos, los amordazamos o anestesiamos con: “sacar el libro página tal”. O peor: “os dicto unos apuntes”…(que están amarillentos). O: “eso lo discutís fuera de clase que no podemos perder el tiempo”. Señorrrrrrrr. Si lo que estamos haciendo sin discutir esas cosas es precisamente perder el tiempo.

Yo di una vez clase a varios grupos de alumnos trasgresores. Y esto es lo que me pasó. Fue en Duino, un pueblito pesquero cerca de Trieste (Italia). Yo había ido a cubrir una baja de maternidad de la profesora de economía en este colegio de bachillerato internacional. Segundo semestre. Alumnos de 87 países distintos. Primera vez en mi vida que daba clases en inglés. Cambio de país. Susto total. Me había preparado las clases a conciencia: el IB no permite resquicios y cuando examinan a los alumnos también están examinando al profesor.

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Segunda semana de clase y se acercan dos alumnos de una de las clases y me dicen de modo muy educado: “muy interesante lo que nos explica, pero todo eso viene en el libro, ¿cuándo nos va a dar material que no venga en el libro?”. No os puedo ni contar, si hasta entonces me pasaba los días encerrada preparándome las clases ahora me pasaba las noches de claro en claro como el hidalgo caballero de la Mancha.

En otra de las clases se me acercó un alumno de Uganda que me dijo. “¿Sabe que todo esto que estamos aprendiendo es útil sólo para la mitad del mundo? La otra mitad tenemos otros problemas que resolver antes como la corrupción, la falta total de infraestructuras, la inexistencia de tejido empresarial. ¿Podríamos dedicar alguna clase a ver cómo atacar esos problemas igual que estudiamos como resolver la inflación o el desempleo?” Le contesté que por supuesto que sí. Y lo hicimos. Dedicamos algunos días a analizar “la otra macroeconomía”.  Se acabaron para mi los “finde” de paseo por Liubliana, las escapadas diarias por el paseo Rilke, sobre el Adriático…”la otra macroeconomía” requería muchas horas de estudio y trabajo.

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Realmente es muy incómodo dejar a tus alumnos ser trasgresores. Es declararse la guerra a uno mismo. La guerra al lo-que-sé-es-lo-que-es en vez del correcto: lo que sé tiene que seguir creciendo. La guerra al acomodarme en la experiencia. La guerra al susto que da “perder” tiempo en cosas que no están en el programa. La guerra al miedo que me daba que viniera el director a decirme ¿y el programa, dará tiempo a darlo entero?. Esto es perder tiempo para ganarlo. Es, lo que los economistas llamamos INVERTIR. Invertir en Futuro.

Para invertir en Futuro, en el futuro de nuestros alumnos, de nuestro país, del mundo en definitiva, hay que perder tiempo en clase reflexionando y trabajando sobre esas cosas que sabemos, en lo más profundo de nuestro ser, que son importantes. Y lamento deciros amigos y colegas profesores, que cuando la propuesta de tomar un desvío y dedicar tiempo a algo que no estaba previsto viene de los alumnos suele resultar mucho más costoso al profesor, pero suele ser mucho más importante que las desviaciones que nosotros queramos hacer del programa. Da mucha guerra, porque requiere horas de trabajo extra no previstas y generalmente de cosas que no se nos habían pasado por la cabeza. Y aquí llega la humildad. Hay veces que hay que decir a los alumnos que no tenemos ni idea de cómo afrontar ese tema pero que podemos intentarlo juntos.

Tener alumnos trasgresores hace que el profesor dé lo mejor de sí y se enriquezca con las clases tanto o más que sus propios alumnos. Pero es la guerra, amigo.

No es fácil, pero ya habíamos quedado que para ser profesor hay que ser un super-héroe de carrera, dos master y doctorado.

Tú eliges: ¿guerra o paz?

P.S: prometí zarandear a padres e instituciones educativas como culpables de que no tengamos más alumnos trasgresores. No me he olvidado. Continuará…

Elena Jiménez-Arellano Larrea

3 Comments

  1. mariangeles larrea   14 marzo, 2014 09:43 / Reply

    Publica estos temas tan interesantes en los medios periodisticos del pais

  2. Borja OL   14 marzo, 2014 14:24 / Reply

    Tu experiencia vivida como otras que hemos visto en las pantallas de cine siempre son con alumnos de cierta edad: bachillerato internacional, high school…etc.
    Pero en ese segmento solo hay una porción pequeña de docentes y mucho más pequeña de alumnos. Alumnos que quieren estudiar y por eso están ahí.
    Lo malo o lo difícil es estar con esos alumnos que no saben ni pueden hacerte preguntas de ese pelaje porque no tienen ni inquietudes. Entonces es cuando debes sacar las marionetas y quedarte sin descansos para pensar en lo que puedes hacer en el aula para que adquieran ciertas competencias que van a necesitar en la vida. Cómo picar su curiosidad para que te investiguen un trabajo…
    ¿Alumnos trasgresores? ¡Quién los pillara!

    • Item   14 marzo, 2014 15:22 / Reply

      Borja, hasta 6º de Primaria los alumnos comen en las manos del profesor ¿o no? Lo duro para el profesor y para el alumno es la etapa de Secundaria. El revoltijo de hormonas en crecimiento de los alumnos, con el estar en fase de forjarse una identidad así como definir sus intereses, presenta para el profesor una ventana de oportunidad que debe buscar, pero que no puede desperdiciar. Porque las ventanas son grandes. Cito a Javier Gomá (al que te recomiendo leer en directo) en su libro “Razón Portería” “Las escuelas deberían cumplir dos cometidos: inculcar al niño hábitos cívicos de convivencia (el aula como laboratorio de la ciudad) y transmitirle amor. Si, amor: amor por las disciplinas mucho más que conocimiento positivo de ellas. Durante los años escolares no hay tiempo para que el pupilo asimile siquiera los rudimentos de literatura, lengua, matemáticas o física, pero si ha “aprendido a aprender” enamorándose de esas asignaturas, dispondrá del resto de su vida, y en particular de los años universitarios, para profundizar autónomamente en ellas.”
      Se trata de “enseñar a amar”, despertar la curiosidad, levantar sólo un poco el velo del misterio… Para esto es nefasto el sistema educativo actual de aprendizaje en espiral, donde todos los años se estudia lo mismo pero ampliado. ¿Cuándo nos rebelamos?
      La LOMCE permitirá a los centros que presenten una alternativa desvincularse de esta lastra, como de otras. Pero eso requiere creatividad y esfuerzo y “to think out of the box”. Ya sabes que si necesitáis ayuda ¡alla voy! lo mio es inspirar el talento y allí lo tenéis a raudales!

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